Cuando Felipe González llegó por primera vez al ejecutivo, tras años y años de política egoísta, cumplió con una máxima del famoso pensador ilustrado Blaise Pascal: “acabada la ignorancia acabada la admiración”. Eran tiempos de cambio, de airear las viejas casonas y desterrar por fin el frac. Un grupo de jóvenes sobradamente preparados junto con un sentimiento social en el tejido del país demandaban nuevas formas. La cultura de muchos de ellos les hizo ningunear a los viejos predecesores hasta el punto de exteriorizar abiertamente la irónica sonrisa que lleva al sano desprecio.
Treinta años después, un grupo de no tan jóvenes y más vistos que una C-15, montaron a nivel local una propaganda publicitaria al estilo “la vida es móvil, móvil es vodafone” que será recordada por mucho tiempo como un auténtico éxito comercial; y electoral, claro está. La inercia del tiempo castigó a quien no se merecía permanecer ni un instante más en un lugar del que llegó casi a ser como el salón particular de su propia casa. El vecindario, en un acto de justicia, apostó por el cambio.
Pero la publicidad es una imagen ilusoria e incluso en ocasiones colapsa los tribunales por falta de correspondencia entre lo ofertado y lo realmente puesto a disposición del consumidor una vez pagado el consabido precio del supermercado.
Acabada la ignorancia, acabada la admiración. No es lo mismo. Entre aquellos y estos, hay una diferencia abismal y por descontado que la comparación ofende a la inteligencia con mayúsculas. La sonrisa hueca de persona simple –que no quiere decir sencilla– y estéril, conlleva a eso, justamente a la decepción. La falta de preparación es notoria y en todos redunda, no ya a efectos de representación a escala provincial y otras instancias de mayor alcance, sino ya en términos próximos. Es necesario gente preparada, gente joven cuyo fin no sea la alcaldía, sino el medio para conseguir cosas por el pueblo, para crear pueblo. No la alcaldía como fin del trayecto personal para cumplir con las expectativas de lucro individual y de secuaces. No. Hay que acabar con esa plaga de ociosos profesorcillos y oportunistas que toman el cara el sol en la puerta de la taberna.
Todo esto viene a la sazón de que no se puede prescindir de elementos arquitectónicos de tan hondo calado en la simbología de este nuestro pueblo, Albox.
Derribar el muro de protección contra los nefastos efectos de las eventuales riadas, por una sonrisa y un fuerte apretón de manos no es cultura ni sentimiento de pueblo. No es estar preparado. Presentar un libro con grandes palabras vocalizadas por personas poco capaces en un léxico rico se nota para un público inteligente. El esfuerzo de artificiosidad llega a la siguiente conclusión interior: eres un provinciano, un político de pueblo, más de lo mismo. Antes de su construcción actual, 1891, ya en 1881 los albojenses conocíamos el popular “muro de D. Mateo”. D. Mateo Sánchez López, “Parasceves” “Melón” o como quieran recordarlo.
En mi opinión, a mi me parece que un nuevo impulso para un nuevo tiempo no tiene que ir reñido con las tradiciones. Pero incluso en estas últimas hay sus diferencias, pues los símbolos, deben contar siempre con el máximo respeto aún cuando igualmente puedan ser objeto de discusión, por supuesto. Pero no hay que culpar al primer edil. No. No, en absoluto. Si a alguien hay que culpar, si hay que recriminar algo es en todo caso al electorado, al pueblo de Albox, que en un día de mayo de hace un tiempo se acercó a un circo ambulante que a merced de una exitosa campaña de publicidad captó la atención de un público facilón. Populacho. No bastaba con la suficiente confianza que el pueblo, sino que en un ejemplo de pasión mediterránea, de esa que tanto gustan a los ingleses “dónde está, mi chico latino” como dice la canción, le brindó la mayoría absoluta.
En fin, son los efectos de la globalización, los hijos de la coca cola, que se dejan llevar por el oráculo de la televisión. Pero es merecido. Ahora procedería soltar aquí algún taco. Pero el tiempo es sabio consejero y si la mafia no le ayuda a desarrollar un programa que ella misma auspició, el desgaste los derrotará por falta de invectiva propia. Ya están en el ejecutivo, ya tienen las manos libres, pero no contaban con la crisis en la que estamos inmersas. Las fiestas en la última cortijá del pueblo en honor a tal o cual santo ya se han acabado.
No, de verdad, no ha estado bien. Algo parecido ya ocurrió en su día con el cerro castillo. Quedan pocas cosas.
En cualquier caso, el daño ya está hecho. Será de difícil reparación si es que ésta al final es impulsada. Y la reparación a la postre es un maquillaje, es decir, una mala explicación de lo que se ha hecho. En el futuro sólo espero que dejen de adoptarse medidas miserables a costa de grandes sacrificios. Pongo por ejemplo la Redia del Almanzora, la expropiación es un supuesto previsto en la ley, a veces a los propietarios les corresponde cierta obligación en pro del interés general. Si no en este caso, si al menos cierta generosidad antes de pasar por el exabrupto acometido. Al final, todos nos vemos afectados, y los vecinos inmediatos más en particular. Que nadie olvide, ni se engañe de que nuestro pueblo no se explica sin la rambla.
Uno de Albox. 20 de abril de 2009.