Sigues siendo mi maestro desde el madero que me señala por permitir que se repita el sacrificio abominable de la cruz en hermanas y hermanos, ahora, mientras seguimos contemplando tu dolor estilizado.
Tu quieres, Señor Jesús, que todos disfrutemos de lo que cada mañana nos das como primicia de lo alto, que compartamos el regalo de la buena noticia como familia de hermanas y hermanos que se aman, y recordamos el martirio de la humanidad en tu rostro de Bendito en esta mañana soleada de primavera, en tu barrio, en tus calles y plazas.
No quiero quedarme en este calvario,
ni en la muerte sin remedio,
quiero vivirte en todos los rincones de tu via crucis albojense,
desde la Loma al barrio Alto, la Plaza Mayor.
Y sigo en la tarde del viernes Santo, tarde de colores para dibujar tu periplo hasta la nada del sepulcro: del blanco alba de dorados que se aferran a la Esperanza, hasta el morado del atardecer de cruz al hombro, Sepulcro y azul de palio y Redención.
Me sorprendes de rodillas, abandonado frente al cáliz del ángel sarcillesco que te arropa, cuando el lucero vespertino dibuja su mirada en la noche que se anuncia. Aún suenan los sones que te mecen sobre los hombros más antiguos, como si andaras por la historia de tus últimas horas con el capricho de las idas y venidas de nuestros afectos. Ahora gritas al Padre que aparte esa copa de amargura que te ofrece la gubia de Correa, rémora murciana y luna granaína. El huerto de Getsemaní se transforma en calle del Muro y te recuerdo, con los ojos de los que ya no están, en la tarde del miércoles de Angustias.
Tu voz sin respuesta,
tu descanso materno,
el seno que te acoge abatido
desde el pie del patíbulo,
María.
Vuelves a reivindicar, Madre de las Angustias, tu estirpe de mujeres fuertes y luchadoras, de historia que se repite, de lágrimas y silencio, de noticia al oído. Nunca desfalleces. Tu regazo es el refugio de miles de hijos que te buscan sin saberte, que necesitan de caricias en el alma y unos brazos que acunen los cuerpos cansados y doloridos. Te haces Perdón en el hijo y Esperanza del que a ti se acoge. Esperanza estrenada en la tarde del viernes blanco.
Sigo pisando asfalto con incienso y cera quemada, me adentro en el barrio alto, me refugio en S. Antonio para ver a los anderos trazar esquinas y recogerme en el mutismo de muerte del sepulcro. Cierro los ojos para cogerme de la mano de mis padres y regresar al paseo de Almería con el niño entristecido ante el cadáver de tu cuerpo.
Te clavaste en mi mente desde entonces
y en la muerte veo tu muerte
en la noche la mañana de tu victoria.
En S. Antonio
el andar acompasado
de los pies que te portan
me encogen las entrañas.
¿Otra vez con la cruz, Señor?, ésta ya definitiva. Ya no más pasión, Jesús mío, que no podré resistir más tragedia representada.
Alfombra morada para el camino,
nadie te ayuda.
Tú sólo, de nuevo.
Ya se ha agotado el repertorio de rictus sufrientes, pero no hay semana grande sin tu imagen de Nazareno, ni chicotás si no es tu andar la inspiración de costaleros, hombres de trono, portadores, anderas y anderos. En ti, Padre Jesús, se resume toda la historia del hombre, el humano y el divino: vamos hacia el final de los días con la cruda realidad sobre los hombros, con el futuro en tus manos que sujetan nuestras flaquezas y enfermedades, nuestros errores y horrores, caminando, paso a paso, con la rodilla desnuda sobre la muda tierra y erguidos con el madero de cada día.
Déjanos seguirte aunque sea cogidos al filo de tu túnica, danos la alegría de sabernos tus discípulos, tus hermanas y hermanos en este mundo donde pretendes un reino nuevo, el reino del Padre del que eres el primero desde la cruz: tus credenciales los clavos y la sangre derramada, tus decretos el amor de verdad, sin tapujos ni ñoñerias, el perdón sin factura de vuelta, el compartir en derechos, en igualdad y justicia, pan y techo, porque todos somos hijos del mismo Padre, herederos y coherederos contigo.
Porque para eso has venido, para anunciar la buena nueva, que Dios está aquí junto a sus criaturas, que su ternura se derrama como el rocío y nos envuelve como el aire que respiramos. En ello se te fue la vida, y por ello fuiste levantado sobre todo hombre, “para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y toda lengua proclame que Jesús es el Señor.”
Tú, nuestro destino,
Nazareno,
Tu luz nuestro amanecer,
Cristo.
Tras el Hijo ajusticiado María se hace Redención, porque junto a la Cruz es destinataria de las promesas de vida nueva, porque la fuente de Dios se derrama en su entrega sin medida, como en toda madre. El cielo es estrado de sus pies, como el palio que la protege, y la llamamos Amargura, Dolorosa, Virgen del Primer Dolor, Angustias, Esperanza y Soledad.
Soledad en la noche del Viernes Santo.
El calvario enmudece bajo los pies de las anderas.
De S. Francisco a S. Leonardo
y a las calles que se vuelven como tu nombre.
Soledad de hijas y madres solidarias en tu abandono,
hombros decididos a mitigar la pena con andares pausados,
vaivenes rotos a golpe de tambor destemplado.
¡Que se callen los muros y las farolas se estremezcan!
¡Que se rindan los cristianos ante tus manos coronadas!
¡Que Albox se vuelva luto
Y llore los pecados que acalla
Porque pasa la madre de Dios,
María, bendita Soledad en la madrugada!
Y vendrá, Madre,
de mañana temprano vendrá,
luminoso como la creación recién estrenada,
y te enseñará sus manos y su costado,
y será realidad la certeza que llevas de siempre guardada.
En este sábado, que se empecina en repetirse cada mañana en cada ser humano, Cristo, siempre vivo, se hace compañero, maestro, amigo y hermano. Con él resucitamos, con él vivimos y con él, si queremos, nos encontramos en el pan de su cuerpo, en el compartir y aceptarnos, en el dar sin esperar a cambio, en el que viene de fuera a buscarse el pan diario, en el diferente, en el que cree y el que reniega, si tenemos el corazón dispuesto a dejarnos enamorar y enamorarnos.
Poco a poco se van acabando las palabras, no por gastadas, y este pregón empieza a encaminarse hacia su recta fínal.
Quiero terminar brindando mi homenaje desde aquí:
a todos los que han hecho posible que este rico tesoro, legado de tradición y de siglos, nos haya llegado por amor al Dios hecho hombre,
a todas y todos los que entregaron parte de sus horas, de su trabajo,
a los que pusieron ilusiones, imaginación y donaron un poco del sudor cotidiano,
a los jóvenes que en la década de los ochenta consiguieron rescatar del olvido todo este patrimonio material y de vida y lo pusieron en alza,
a los maragullos, camareras, acólitos y cerilleros, mayordomos,
a las anderas y anderos que, con sus hombros generosos y pies seguros, hacen cada año el milagro de ser paso y vida de nuestras sagradas imágenes,
a los capataces, capatazas y contraguías,
a los abuelos y padres que siguen manteniendo la tensión en la espera de cada Pascua Florida y cuentan a los suyos, a los pequeños, las vivencias que han hecho que cada año, por unas horas, Dios bendiga nuestras calles con los actores de aquella primera Semana de Pasión, y que más de un alma vuelva los ojos al cielo y sienta el abrazo del Padre en el hijo amado y su madre Dolorosa,
a los niños y a su Semana Santa pequeña, escuela de futuro, la ilusión que nos hace perdernos en el tiempo y concedernos, junto a ellos, una tregua en la batalla diaria, apearnos de la locura de la vida hedonista, competidora, insolidaria y vacía, y hacernos grandes de corazón, “quien no se hace pequeño como uno de estos niños no podrá entrar en el reino de los cielos”, nos dice el Maestro.
Mi reconocimiento y ánimo a todas y todos los cofrades que, pese a la tibieza de éste nuestro tiempo y al eslogan de que “probablemente Dios no existe, disfruta la vida”, siguen manteniendo la alegría y el gozo de la esperanza de sentirse amados y mimados por el Dios de la Misericordia, empeñados, desde la flaqueza y con la fortaleza, en anunciar que la ternura del Padre y su amor son el motor de sus vidas y, que el Hijo de María sigue bullendo en nuestra sangre, en la mente y en el alma, porque es pan que nos alimenta y nos endiosa, haciendo que muchos corazones continúen latiendo al unísono en la misma sinfonía divina.
He dicho.
Miguel Ángel Molina García