Sabiduría de la tierra
Juan José Ceba | Actualizado 22.07.2009 - 01:00Hoy lo acaricio con un peso de ausencia inconsolable. El gran maestro del taller, dador de espíritu a la greda, Luís Alfonso Salas, El Puntas, se aventuró a la tierra, fue hasta la madre para habitar en ella. Tanta luz lleva, fuego de las hornadas, luchas y abrazos con la arcilla fresca, que le reciben como a hijo creador de la viva sustancia elemental. Lo que ha sido en sus hornos antiquísimos, y en la rueda constante donde amasó, a la vez, el barro con su vida de llamaradas altas.
De su bondad, humanidad y nobleza transparente, están escritas las páginas del aire. En su torno encontró las sabidurías ocultas en la tierra: la prolongación de civilizaciones que hablaron al corazón, en las rotundas formas reveladas, hasta transformar al artesano en vaso, conciencia rebosante de la alianza originaria del ser con lo creado.
Del primero al último alfarero, vienen pasándose -unos a otros- esa vasija frágil (nunca quebrada, y siempre mantenida, en la ternura de las manos) culmen de sencillez, lograda maestría, desnuda esencialidad del puro acto creador.
Luís recibió su lejanísima herencia de emociones. Nada pudo cortar el hermoso proceso de desvelar la tierra; ni aún el golpe brutal con que el odio ensombreció su casa y su taller. Bien pronto pasó el asombro de su modelado a los hijos mayores, que siendo aún pequeños, quedaron maravillados en los ritmos giratorios de las copas, que hacían nacer del fondo de la greda. El padre los miraba atento, en el alba del engendramiento, feliz de la prolongación del saber artesano.
Este alfarero, Luís El Puntas, ha sido el gran conocedor de las respiraciones y los secretos de la tierra, docto en los cuatro elementos, traductor y guía de lo que dicen o quieren el aire, el agua, el barro y el fuego. Se ha ido un sabio, un artesano puro, un entendido ceramista de los cuerpos gozosos, un hombre que hizo volumen de su tierra, hasta darle la clara dignidad que le pedía. Sus vasijas hablaron por él llenando el mundo, con sus humanizadas y bellísimas formas, que siguen reclamando la pervivencia de una civilización originaria. Su testimonio continúa en el alfar, donde sus hijos -vasos ya de este legado natural de los tiempos- ennoblecen la tierra, cada día.