Pregón Semana Santa Albox 2000
Alabado sea siempre en todo tiempo y todo lugar, el Santísimo Sacramento del Altar.
- Estimados reverendos de las Parroquias deAlbox.
- Señores Presidentes de las cofradías.
- Excelentísimo señor Subdelegado del gobierno.
- Señor alcalde de esta villa.
- Queridos Paisanos y amigos.
Sean, mis primeras palabras, tras la salutación obligada a quienes nos honran con su Presencia, las de una no menos obligada gratitud a todos mis compañeros de cofradía, de venturas y desventuras nazarenas, por el honor que dispensan, confiándome el, para mí, honroso encargo de pregonar la Semana Santa Albojense, nuestra Semana Santa, la de todos cuantos aquí nos congregamos en esta noche de Marzo, en esta iglesia donde fuimos bautizados mi padre, mi hija mayor y yo; donde espero y deseo,lo sea mi primer nieto.
A Diego González Bravo, agradecerle su elogiosa presentación, que a buen seguro, quedará grabada para siempre en mi recuerdo.
Si pregonar la Semana Santa, como creyente y como Albojense, es para mi motivo de sano orgullo, también lo es de preocupación por tener la seguridad de que no lograré ponerme a la altura de los pregoneros que me han precedido.
No quiero, en modo alguno, entrar en el tema sin antes expresar mi gozo, la satisfacción que me produce pronunciar mi pregón ante la bendita, sagrada y bella imagen de Nuestra Señora Virgen de los Dolores.
Tampoco quiero dejar pasar la ocasión, la oportunidad, de dedicar un emocionado recuerdo, a quienes nos adelantaron en su encuentro con el Santísimo Cristo.
A mi abuelo Jerónimo, presidente en su día de nuestra cofradía, que me transmitió su amor por la Semana Santa.
A mis queridos amigos y hermanos en la cofradía Vicente Sánchez y Miguel Sánchez que aunque ahora nos apoyan desde un lugar mas distinguido sigue quedándonos su ejemplo de trabajo y tesón.
A Luis Granados que desde la cofradía de Nuestra Señora de Las Angustias dio un fuerte impulso a las procesiones de nuestro pueblo.
Y a todos aquellos que dedicaron su esfuerzo e ilusión para que nuestras cofradías sean lo que son hoy en día. A todos ellos dirijo, con emoción y cariño, este recuerdo que del corazón sube a los labios.
Según Martín Descalzo “Uno debería vivir como las llamas, que nunca se preguntan si es importante o no lo que están quemando”, pero yo siempre he considerado una imprudencia perder la cabeza por escuchar solo el corazón. No sé muy bien por qué, pero en la Semana Santa, puede más el sentimiento que la razón.
No recuerdo cuando empecé a sentir que algo cambiaba en mi estado de ánimo cuando se acercaban estas fechas, pero lo que sí sé es que todavía experimento una profunda revolución interior.
Creo que de eso se trata, de vivir la Pasión en toda su intensidad, como algo propio. De dejarnos morir un poco, para resucitar creciendo un poco más.
De esta forma, el individuo, como responsable último de su propia humanidad, debe ver la muerte de Jesucristo por nosotros como algo personal.
Sin esto, no se podría entender la Semana Santa, el trabajo desinteresado, año tras año de tantos cofrades, el esfuerzo físico derrochado en cada procesión, la emoción vivida y apenas disimulada ante el paso de cada imagen y la entrega generosa de tantas familias.
Tampoco se comprendería el esfuerzo económico, la labor artesanal, la labor creativa, el ambiente distendido y semifestivo en que se desenvuelve y cómo consigue hermanar a gentes de toda condición política y social.
No podemos olvidarla como manifestación tradicional de nuestra cultura popular, el medio de unión del núcleo familiar y la ayuda para ligarnos en la distancia a las bases de nuestra identidad.
Es nuestra propia resurrección, nuestro volver a empezar.
Mis primeras noticias de la Semana Santa me vinieron a la retina desde muy pequeño. Veía en un rincón de mi casa paterna una especie de palo metálico que me doblaba en altura y en su final un corazón atravesado por siete espadas y la cruz redentora. Los siete dolores que sufrió María, acompañados del dolor de Cristo. El dolor que sufre el cofrade por sus propios pecados.
Yo solía esconderme allí no sé por qué motivo, pero sí recuerdo que pensaba en dicho cetro como algo exotérico que debía estar guardado por algún motivo misterioso.
Eran tiempos en que la Semana Santa se limitaba a los oficios religiosos y las cofradías prácticamente habían desaparecido.
Ya en mi adolescencia pude contemplar el orgullo de mi abuelo hablándome de la cofradía, de su significado y del amor que había puesto mi abuela en cada punto del bordado de su túnica.
Túnica negra bordada en oro, con puntadas temblorosas por la enfermedad, pero con la firmeza de una fe profunda, callada y humilde. Por eso la hemos lucido con orgullo tres generaciones y pronto también la cuarta.
Cuando por fin se renovó el espíritu de la Semana Santa y las procesiones volvieron a las calles, tuve la ocasión de lucirla, aunque con desigual fortuna. Hubo que dar el relevo con gran disgusto al comprobar que me quedaba pequeña.
Tras diferentes vicisitudes los pasos recuperaron su esplendor y pude emocionarme cada año con la Dolorosa,nuestra Dolorosa, unos años sobre el hombro, otros con el farol alumbrándole el camino y otros como nazareno acompañándola en su dolor.
Tener la alegría de compartir la misma ilusión con mis padres y mis hermanos. Poder contemplar la felicidad de mis hijos y mis sobrinas cada Jueves Santo y disfrutar con vosotros cuando, tras la procesión, cansados pero con un espíritu renovado, empezamos a planificar el año próximo, es una suerte que tendré siempre que agradecer.
Está mi historia,similar a la vuestra, a la de todos los cofrades de las hermandades de nuestro pueblo, llena de anécdotas personales.
Recuerdo un Viernes Santo al iniciarse la tarde, un sol radiante y con temperatura primaveral en que se concentraban los cofrades del paso blanco en la puerta de esta iglesia para iniciar su desfile que tanto habían trabajado durante 12 meses. No recuerdo de que año; Dejándome llevar por la sana competencia entre amigos y por el humor, no sé si de buen gusto, aparecí con un paraguas, creo que el único, teniendo en cuenta el espléndido día que teníamos por delante.
Aquello fue premonitorio. Cuando la procesión recorría la calle Antonio Martínez, mi querida calle, donde di mis primeros pasos, donde aprendí a montar en bicicleta y donde empecé a darle los primeros disgustos a mis padres, vino el viento y la lluvia a raudales y durante quince minutos pensamos que ese día no habría procesión. Tengo que decir que no me alegré, aquello me dejó helado, tuvimos que refugiar el estandarte y a muchos de ellos en nuestra casa. Quiso Dios que no me quedara sin castigo por la broma, volvió la tarde a su esplendor, fue la mejor procesión de ese año y la casa quedó llena de barro.
En desagravio iniciaré mi recorrido pasional por la hermandad de la Virgen de Las Angustias.
Una imagen donde el cuerpo yerto de Cristo descansa en el regazo de su Madre, donde sus cofrades adquieren el blanco, ausencia de toda sombra, plenitud de luminosos resplandores, de la mañana recién abierta al día, pura y virgen, como las azucenas, jazmines, de las diminutas y perfumadas flores del galán de noche, así como de las más abultadas flores del limonero y del naranjo.
Con ella, los costaleros viven la pasión como una fiesta, con la alegría de saber que el dolor de Nuestra Madre se convertirá en un canto a la esperanza, en un canto de fe en la resurrección.
Nuestro Padre Jesús Nazareno imagen insigne del paso “morao”, sigue en horario a los blancos en la tarde del Viernes Santo.
Es el morado el color del dolor, de la rosa de pasión, del lirio que nace en la maceta y mece la brisa perfumada, suave y acariciante de la primavera, de los labios callados de Cristo muerto, de sus ojos cerrados y sin vida.
Este nos invita a la reflexión, sufre el castigo por nosotros y nos recuerda la pesada cruz de nuestros errores.
Son, sus nazarenos, imagen viva del respeto por la Pasión del Señor. Por eso, con su esfuerzo abnegado año tras año, han conseguido, en el entierro de cristo, el mejor trono que pueda lucirse en nuestras calles.
Les precede, en la mañana del Viernes, la cofradía de San Juan Evangelista, con sus nazarenos de rojo, encarnado o colorado.
“Colorao” como el rubor encendido en la mejilla de la casta moza, como una rosa de bermejos pétalos, como un clavel que se revienta en llamas, como una hoguera que arde y se quema, como una puesta de sol de Noviembre. Es el color de la sangre que brota de la frente, de las manos y de los pies de Cristo, que mana y sale a borbotones del santísimo costado el Señor.
La imagen de San Juan, del preferido del Maestro, del Discípulo amado, pletórica con la luz del mediodía, nos alegrará los corazones cuando le contemplemos junto a la nueva torre del templo de la Concepción, anunciando la gloria del Señor.
Precediendo a todas, sola en el Jueves Santo como queriendo intimar en so dolor, nuestra Virgen de los dolores, María Santísima, Mater Dolorosa, con la cara amansada de lunas y estrellas, de rozas y azucenas, de amor y de llanto. Asoma al atardecer por la puerta del templo de Jesús y el sol desciende a enjugar sus lágrimas y,a secarlas se atreviera, si el corazón traspasado de la Virgen, no fuese profundo mar de penas y amarguras.
Por eso la acompañamos de negro, el color del luto, de la pena y de la muerte. El color sin color de la noche oscura y la tiniebla.
Pero también el color del tulipán más exquisito, de los ojos raciales más bellos y de la elegancia en el vestir.
Quiero decirle a esta Dolorosa, norte e imán, imán y norte de nuestra cofradía, quiero decirle:
“Mirando a tu manto soñé.
Viendo tus Dolores padecí.
Contemplando tus lágrimas suspiré.
Cuando quise hablarte enmudecí.
Quise rezar, Señora, y lloré”.
La Semana Santa para la que nos preparamos en un elemento indispensable de nuestro sentir – de nuestra historia y cultura – y un pilar de riqueza de nuestro patrimonio, conservados celosamente durante generaciones, y constituye una nota peculiar de las arraigadas costumbres y tradiciones, sin las que no se puede entender la esencia de nuestro pasado y de nuestro presente.
Por esta razón, cada año nos llega esta fecha con un deseo imponderable de superación, en el que se aúnan el culto con la fiesta y el recogimiento con la alegría.
También son estos, días para la entrega y en encuentro con amigos, familiares y todos aquellos que volvemos a nuestro pueblo con el renovado deseo de hacer de la participación el resorte fundamental sobre el que se alce con esplendor y singularidad propia nuestra Semana Santa Albojense.
Tenemos por delante siete días para buscar a Dios y para hallarlo. Desde el Viernes de dolores, en las horas en que un día cede ante el peso de millones de estrellas que se encienden en las alturas cada noche, hasta el Domingo de Resurrección.
Pero serían escasísimos días si sólo dispusiéramos de tan corto plazo para perseguir y conseguir ese encuentro con Dios y sus cosas. No; disponemos de todo un año, de toda una vida, para perseverar en la búsqueda y feliz descubrimiento. Como también disponemos de un año, de toda una vida, para mejorar nuestras cofradías, nuestra Semana Santa y nuestro pueblo.
MUCHAS GRACIAS
Jerónimo Jesús Lajara Blesa
Cofrade y Devoto de la Virgen de los Dolores
18 de Marzo de 2.000